From “Pequeñas cordilleras de sargazo” [“En la luz ambarina”]

En la luz ambarina los ojos del perro ruegan la caricia de la mano regordeta de Francisco. Estoy casi seguro de que sus manos eran así. En la pared a mi izquierda hay un retrato a lápiz de mi madre joven. Lo miro por las mañanas cuando el sesgo del sol roza su marco: “para Marcia, París ’52,” junto una firma ilegible. Una mañana de invierno Siobhan y yo vimos El aquelarre de Goya en el Museo de Bellas Artes de Boston y le conté de mi sueño de guirnaldas enredadas en los cuernos de un toro. En uno de los murales de Palacio Nacional, que de niño visitaba a menudo con mi papá, hay un hombre indígena atado de rodillas a quien le acercan a su cachete un fierro para marcar al rojo vivo. Cada vez que lo veía, pensaba “moreno como el mío.” Mi papá, mi hermano y yo tomábamos la línea dos de la estación General Anaya hasta Bellas Artes. Caminábamos por Avenida Madero para pasar por la American Bookstore, donde trabajaba un amigo de papá. Después, a Templo Mayor. Una vez nos contó la leyenda de un tío nuestro que se había perdido en las librerías de viejo de Donceles, para jamás volver a ser visto. En la tarde comíamos en el Casino Español, adonde el murmullo de Isabel La Católica entraba por los ventanales. Yo siempre pedía caracoles a la montañesa. Una tarde casi al anochecer, nos dijo que la palabra correcta era tránsito y no tráfico mientras esperábamos a que pasara un caleidoscopio de mariposas para poder cruzar la calle.

Source: Poetry (May 2026)